"La Vejez: Divino Tesoro"


(19 de diciembre de 2007)


Me encanta tratar con los “viejos”. Desde que viví durante casi un año en casa de mi abuelo materno, Don José, que falleció el 5 de noviembre de 1993, empecé a ser consciente del profundo respeto que debemos sentir y tener por “nuestros mayores”.

El "abuelo Pepe", Don José Gomariz, fue una gran persona, Primer Teniente de Alcalde de Hellín (Albacete) y fecundo empresario en el negocio del esparto. Siempre ayudó a quien se lo pidió. A él acudían sus trabajadores, asalariados y ciudadanos en busca de un consejo, unas palabras de aliento, un aumento de sueldo para dar de comer a una humilde familia compuesta por varios hijos, un favor, una súplica, una ayuda…
Don José
fue, sin duda, un gran hombre. Su velatorio, misa y entierro en Hellín fueron multitudinarios. Yo, por aquel entonces, residía a caballo entre Hellín y Murcia, y su fallecimiento me sorprendió en tierras manchegas y murcianas. Lloré, y mucho. Se me había ido mi abuelo, nuestro abuelo, ese gran hombre que tanto ayudó al prójimo, que siempre tuvo unas palabras de consuelo para todo aquel que llamase a su puerta, que siempre ayudó a quien se lo pidió -y pueden creerme que así fue-, que me acogió en su propia casa cuando me enamoré de mi querida Sara y decidí quedarme en Hellín con ella, mandando al garete, en aquel memorable año de 1991, todas mis aspiraciones profesionales, pero Dios, que es infinitamente Bueno y Justo, me recompensaría con creces más tarde.
En mi convivencia diaria con mi abuelo empecé a amar, admirar y valorar la vejez, descubrí lo grande que es, lo muchísimo que se puede aprender de ella, lo mucho que tenemos que amarla y valorarla, lo que tenemos que amar, respetar y cuidar de "nuestros mayores”.

Los jóvenes, entre los que ya casi no me encuentro, pecan, en algunas ocasiones, de ingenua ignorancia, de pretendida sabiduría, de un mal entendido sentido de la libertad, de una rebelde soberbia, de un ridículo orgullo… A esas edades, uno se siente pletórico, lleno de sí, como Di Caprio cuando se agarra a la proa del Titanic y exclama enfervorizado: “¡Soy el rey del mundo!”...

“La experiencia es la madre de la ciencia”, y la experiencia solo se adquiere con los años. En este putrefacto "mundillo del Misterio” en nuestro país –porque ahora mismo no tiene otro calificativo- reina, como supongo que en otros sectores, el “Deporte Nacional”: la Envidia y, además, la falta de compañerismo, salvo excepciones. He descubierto, hace algún tiempo, que es un gran pecado el destacar en mayor o menor medida. Y en cierta forma lo entiendo. Es humano y lógico, aunque no moral ni correcto.

Llevo en esta aventura maravillosa de la
Radio dieciocho años –desde 1989- y miro con una sonrisa interior a aquellos que creen que van a comerse el mundo. El mundo no se come; se "conquista" con trabajo, humildad y tesón. Pero como me enseñó también mi padre: “El oyente, el público es soberano”. Dejemos que cada uno se "estrelle" o “triunfe” (¿qué es triunfar?) según sus verdaderas intenciones.
Eso sí: me raspa levemente el alma
, la presunción, el valorarse por encima de lo que uno es realmente. El tiempo y las circunstancias ponen a cada uno, antes o después, donde, verdaderamente, debe estar. Prudencia, jóvenes, prudencia, humildad -que no sometimiento-, modestia, ganas de aprender –yo aprendo todos los días hasta que fallezca-, honestidad, lealtad, sinceridad, transparencia, reverencia y respeto hacia los “mayores”, de los que tanto tenemos que aprender en todos los sentidos.

Hoy en día cualquiera hace un programa de “Misterio”, cualquiera se mete a “aprendiz de brujo”… No, señores, no. El ponerse delante de un micrófono o una cámara lleva una preparación, un largo proceso de aprendizaje
y no todo el mundo sirve, ni está preparado. Esto es muy serio, pero allá cada cual, que cada palo aguante su vela, a mí, realmente, me da lo mismo, que cada uno se encuentre con su “forma pensamiento” (los iniciados me entenderán).
Por eso, nuestra mejor referencia está en nuestros, a veces, tan marginados y olvidados “mayores”, sí, los “viejos”, esos sí que saben lo que es la vida.

El 4 de noviembre de 2007 enterrábamos a mi queridísimo y venerado maestro D. Germán De Argumosa y Valdés. Fue duro. En el velatorio, al ver el cuerpo de Don Germán, no le reconocía, no parecía él, cosa que suele pasar. De allí al cementerio en una soleada y especial tarde de domingo que jamás olvidaré. Pocos asistentes. Al parecer, así lo quiso él. No había cámaras ni micrófonos (aunque algunos lo esperaban), solo (¿solo?) unos pocos corazones para darle el último adiós. Gracias a todos ellos. Cuando bajaron el féretro y empezaron a echar tierra sobre él, me dieron ganas de tirarme a la fosa, agarrarme al ataúd y que también me echasen la tierra a mí junto a él. Me pareció una “traición” dejarle allí, tan solo, tan frío, después de todo el “calor” que él dio a tantos miles de personas a través de sus numerosísimas intervenciones en Radio y Televisión. Es la muerte. Pero es ley de vida y hay que seguir. Seguro que el Profesor quiere que sigamos trabajando en nuestra línea, imitada por algunos.
Tan solo decir que no tengo palabras para agradecerle al profesor por tanto… Las palabras me limitan. Sé que está ahí, aquí, cerca, muy cerca.

Se dice: “juventud, divino tesoro”, pero yo hoy lo invierto y digo: “vejez, divino tesoro”. Mucho tenemos que aprender de los “viejos”, mucho, tanto que, en muchas ocasiones, no estamos preparados, no tenemos la humildad necesaria para aprender de un pobre viejecito decrépito… Bien, pues ese anciano, quizás ya desdentado, con principio de demencia, casi ciego, tiene mucho que enseñarnos; estamos tocando con los dedos la esencia de la experiencia, de mil fatigas, de innumerables noches de insomnio, de jornadas enteras castigadas con el rigor del hambre, la sed, el frío, el calor, el cansancio, hondas preocupaciones a lo largo de decenas de años…

Valoremos, pues, a
"nuestros mayores”, ya sean padres, abuelos, tíos, amigos de familia o desconocidos; saben más que nosotros porque han vivido más, sencillamente. Alguien, hace ya años, me enseñó que no hay que dejar de escuchar a nadie, por insignificante que parezca, ya que de todo ser humano se puede aprender algo, excepto en los casos en los que ese ser nos haga daño; esta es otra historia. Como me dijo mi amigo el ermitaño: “Todo aquello que te quite la paz, quítalo de tu vida”… (El que pueda entender que entienda).
Me da pena, a veces ganas de llorar (literalmente) cuando veo en
Televisión a los ancianos abandonados por sus hijos y familiares en residencias. Malditos, Dios os hará pagar vuestra dureza de corazón. Dios es infinitamente Bueno, pero también infinitamente Justo, no lo olvidéis.

Amemos a nuestros “viejos”. ¿Qué palabra más fea, verdad? Pues no, no es fea, es preciosa. Yo, con casi treinta y cinco años que cumpliré en febrero, quisiera ser ya viejo, habiendo vivido una vida digna, merecida, bien empleada, fructífera, plagada de actos de amor… Y ya, en la vejez, ocaso de la vida material, decir como el Nazareno en la cruz: “Padre, todo está consumado”, “En tus manos pongo mi espíritu”… Ese día, le pido a Dios, será glorioso para mí.

Que Dios, que todo lo ve, bendiga a nuestros “viejos” y que nos deje contagiarnos de su más esencial sapiencia…

                                                                                                                                                                                            
                                                                                                                                                         Santiago Vázquez


                                                                                                                                                   Madrid, a 19 de diciembre de 2007




© Santiago Vázquez