Carta a D. Germán De Argumosa y Valdés

"UN AÑO DESPUÉS DE SU "PARTIDA" AL "OTRO LADO"


(4 de noviembre de 2008)


Mi muy querido e inolvidable Don Germán:

Empiezo a escribir esta carta emocionado, casi con lágrimas en los ojos. Escucho de fondo, mientras le escribo, esa canción que tanto me recuerda a usted y que, en tantas ocasiones, me ha acompañado, entre lágrimas, en su recuerdo, sentado en mi "butaca", en mi "rincón", recordando lo bueno que usted era -y es-, y los buenos, entrañables y enriquecedores momentos que compartí en su compañía y todo lo que aprendí de usted en todos los sentidos, como persona y como profesional.

Hoy, 4 de noviembre de 2008, se cumple justo un año desde que le dimos a su cuerpo mortal cristiana sepultura. Nunca podré olvidar aquella tarde de domingo, tranquila, sosegada, cayendo ya el Sol, solitaria en el cementerio, triste, pero bella a la vez. ¡Qué paradoja! Porque se fue usted sin hacer ruido, como así lo pidió. No quería a los "medios de comunicación" presentes, ni cámaras de TV, ni micrófonos, ni nada de nada, solo a aquellas personas que quisieron sumarse a acompañar a su cuerpo hasta los últimos momentos. Y es de justicia mencionar a las buenas personas que estuvieron allí. Allí estuvimos, aparte de sus familiares, los siguientes buenos seres humanos: Alejandro Coello, Juan Carlos Salamanca, David Benito, Begoña Iniesta, Pilar Gomariz (mi madre) y yo. Mención aparte merece, con creces, Dña. Pilar Ramiro, la persona más cercana a usted durante muchísimos años. Mi más sincero y profundo agradecimiento para todos ellos, ya que sé que usted, si estuviera aquí, se lo agradecería a todos, uno por uno, con todo su corazón.

Recuerdo que, una vez descendido su féretro, Alejandro Coello rompió a llorar desde lo más hondo, y yo no pude más, y nos unimos los dos en un llanto inconsolable hasta que el gran Juan Carlos Salamanca se acercó por detrás, nos puso las manos en los hombros y nos calmó nuestro llanto desgarrador. Fueron momentos muy duros, lágrimas en todos los presentes, se nos había marchado el maestro, usted, Don Germán, aquel que me enseñó a ser persona, aquel que me acogió en su casa en tantas tardes de domingo, aquel que me dio, con su ejemplo, incalculables lecciones de humanidad, aquel de quien he aprendido, prácticamente, todo lo que sé. Y quiero decirle, mi queridísimo Profesor, que si no le hubiera conocido y no me hubiera honrado yo con su amistad, probablemente yo ya no estaría aquí. Bien sabe Dios por qué digo esto, pero es la verdad, y a usted le debo tanto, tanto en tantos aspectos que no sé qué hacer para agradecérselo para toda la eternidad.

Sé, porque he tenido pruebas de ello, que usted viene a "verme" de vez en cuando, que sigue pendiente de mí, porque me apreciaba, porque me quería de verdad, porque siempre me dijo que era para usted alguien muy especial, porque tantas veces me dijo por teléfono que pensaba cada día en mí y en mi familia... (tengo ganas de llorar, la emoción se apodera de mí).

Esta carta que le escribo hoy, en el Primer Aniversario de su "partida", es tan solo un humilde, pero sentido y emocionado recuerdo hacia su persona. Que nadie se olvide de Don Germán De Argumosa y Valdés, que si en este país se habla de Parapsicología es gracias a él, ya que fue su introductor en el ya lejano año de 1971. Le debemos tanto, Profesor... Los más jóvenes no lo saben aún con precisión, pero algún día, gracias a nosotros y a otros compañeros de buena voluntad, irán sabiendo quién fue Germán de Argumosa y lo que hizo durante tantos años a favor del estudio riguroso y divulgación en todo el Mundo de la Parapsicología. Fue usted muy grande -y lo sigue siendo allí, donde ahora se encuentra-, por su enorme humanidad y también, cómo no, por su gran sabiduría en múltiples ámbitos del conocimiento.

Decirle, Profesor, (le diría tantas cosas que esta carta que hoy le escribo sería interminable) que debe usted sentirse enormemente satisfecho por la vida que vivió, su vida, sí, ayudó mucho a muchas personas que le seguían por la Radio y por la Televisión, entre ellas yo, que allá por 1988 le escuché, por primera vez, en la Cadena SER, en el programa de Julio César Iglesias, y... me cautivó. Me dije, a mis 15 años de edad, ¿quién es este hombre que habla con tanta autoridad y que me inspira tanta confianza, seguridad y credibilidad?... Pues era usted, mi querido Don Germán. Tuve, en junio de 1991, la dicha, el honor y el privilegio de que me recibiera en su casa. No podré nunca olvidar aquella tarde. Tan señor, tan amable, tan humilde, recibiendo a tres "pipiolos" (Enrique Muro, mi hermano Fernando y yo) que fuimos a llevarle unas psicofonías que habíamos grabado en un colegio abandonado en Madrid, y estuvo con nosotros toda la tarde. Un hombre de su talla, de su envergadura intelectual, relacionado siempre con eminencias, entre ellos varios premios Nobel, y allí estaba, con nosotros, tres advenedizos contándole "nuestras historias" y usted escuchando todo con intensa atención. ¡Qué grande! Nadie, hoy en día, hace eso, mi queridísimo Profesor; usted lo sabe. Hoy, aún uno que está empezando a "despuntar" se ensoberbece y "pasa" (perdón por la expresión, quizás demasiado coloquial) de todo. Lo único que le importa es salir en los "medios" y ganar dinerito... ¡qué triste! Usted nunca hizo eso, siempre atendió a los medios de comunicación, en la inmensa parte de los casos gratuitamente, salvo cuando tenía una sección fija con Iglesias o Cebrián, como debe ser. Yo, aprendiendo de usted, tampoco me muevo por dinero, ni mucho menos; usted lo sabe.

Algún día escribiré mis recuerdos, un libro que recopile mis vivencias con usted, todo lo que viví junto a usted en esas tardes-noches casi interminables de conversación.

En fin, mi querido Profesor, que no quiero molestarle más, que sé que en ese "otro lado" también tendrá usted muchas cosas aún que hacer, pero quería hoy escribirle estas líneas en su memoria recordando su Aniversario. Ya sabe que no le olvido, que es usted para mí mi motor, que me siento bastante huérfano, que me falta usted y lo noto mucho, que echo de menos esas tardes en su casa junto a su persona, que le echo en cara a la vida el no haberle conocido antes para disfrutar más de su presencia y amistad, y que desearía poder llamarle por teléfono ahora mismo para decirle que le quiero.
¡Ah! y recuerde... Hicimos un trato. Que el que primero se fuera al "otro lado" esperaría al otro, así que espero que, cuando llegue "mi momento", salga a recibirme; espéreme, por favor.

Aquí me quedo, Profesor, con mis cosas, con mi Cardhu, mis cigarrillos, mi pipa, mis libros, mis escritos, mis reflexiones... Mi mundo y mi vida, una vida que aún siento incompleta. ¡Cuántas veces le hablé del amor! Más de una, ¿verdad? Sí, profesor, ya sabe que soy un romántico empedernido, y usted me decía: "Dios le pondrá en su camino a la mujer que necesita". Sí, llevaba usted razón, así que seguiré esperando a que aparezca la Princesa de mis sueños (sonrisas). "Ofertas" no me faltan, Profesor, pero deseo enamorarme de verdad. Sé que me entiende, ya que lo hablamos alguna vez. Seguiré siendo paciente, y si no aparece la mujer con la que sueño, me conformaré de sobra con el privilegio de haberle conocido y tratado, y de haber aprendido de usted. Me dicen muchas personas que soy su sucesor... Yo agradezco, Don Germán, palabras tan hermosas, pero la verdad es que no le llego a usted ni a la altura del betún, ¿verdad? (sonrisas) Tengo aún mucho que aprender para parecerme a usted, como ser humano y como filósofo y parapsicólogo. Es que usted ha puesto el listón muy alto, Don Germán, muy alto, pero haré todo lo posible para acercarme un poco a lo usted fue y es.

Decirle que, aunque ya lo sepa quizás, nos han escrito muchos oyentes para expresar su admiración y respeto por usted. Se lo digo por si anda demasiado ocupado donde ahora se encuentra. Hay mucha gente aquí que le quiere; muchísima. Le transmito a usted el agradecimiento y el recuerdo de tantos seres humanos...

Me despido, gran Profesor. Seguimos en contacto. Solo decirle dos cosas, ya para terminar: GRACIAS (sin fin) y LE QUIERO MUCHO.

Nos veremos. Un abrazo y, como hacía siempre que me despedía de usted en el descansillo de su casa, un beso muy fuerte. (Me emociono). NUNCA LE OLVIDO NI LE OLVIDARÉ. GRACIAS POR HACER QUE SIGA DE PIE. NO SE OLVIDE DE NOSOTROS Y VENGA A VERNOS, COMO HACE, DE VEZ EN CUANDO.

LE QUIERO, PROFESOR,

                                      
                                Santiago Vázquez


Madrid, a 4 de noviembre de 2008




© Santiago Vázquez