EL SENTIDO DE LA VIDA


No, no quiero hablar ahora de las “Pistas de Nazca”, ni de los posibles efectos extrasensoriales de la “Ayahuasca”. No. Quiero hablar de Don Germán de Argumosa y Valdés. Mi alma siente esta imperiosa necesidad que no puedo acallar, necesidad que se torna en gozo del corazón cuando ésta es satisfecha.

Mi buen amigo Alejandro Coello me comentó cierta noche que en una de sus numerosas lecturas a la luz de su flexo, había leído que a Jesús, “el Nazareno”, algunos le llamaban “el loco de María”.
Locos de amor deberíamos estar, unos por otros, ayudándonos fraternal y bondadosamente, y no locos de maldad, invadidos por el egoísmo y saturados de nosotros mismos y de todo aquello que nos aleja del verdadero camino que conduce a la paz.

Jesús dijo: “No es el discípulo mayor que su maestro”, y es verdad. Si a Él le odiaron, acusaron, injuriaron, vejaron… ¡cuánto más a sus discípulos y seguidores!

Decir la verdad, en este enloquecido y corrompido mundo, tiene un precio. Y sentarse a la mesa con los poderosos también, beneficioso o perjudicial.

Beneficioso si se les sirve sin murmurar. Perjudicial si se les sirve pero despuntando. ¿Acaso es una afrenta el “brillar”? ¿Por qué nos molesta tanto ver cómo otros “brillan”? No es mi caso, desde luego. Procuro ser íntegro, congratularme por los éxitos ajenos –lo contrario sería envidia-, y apenarme por los sinsabores de los demás.

Y has de saber que si tú sufres, yo sufro porque somos hermanos en el espíritu, almas creadas en igualdad de condiciones por un mismo "Ser Supremo". Tu felicidad es mi felicidad, y tu dolor es el mío.

¿Cómo puedo dormir a pierna suelta sabiendo que estás pasando hambre y necesidad? No, eso es no entender la existencia, eso es transitar por el camino que conduce al abismo, es perderte, extraviarte, es el ennegrecerse de tu alma, es no saber nada por muy bondadoso que aparezcas ante los ojos de los hombres, pero Dios, que todo lo ve y escruta, conoce lo que hay en tu corazón, lo sabe todo de ti, de mí, de todos. Y el que no socorre a su hermano en la tribulación, el que permanece impasible ante el dolor ajeno pudiendo, al menos, aliviarlo, ese no es un verdadero hijo de Dios, no es un justo, no es un ser humano en su completa expresión.

Claro está que no podemos solucionar todos los males del mundo, pero sí ayudar al que tenemos cerca o a aquél que se cruza en nuestro camino, sobre todo si tenemos la posibilidad de hacerlo.

San Juan de la Cruz lo expresó magistralmente en breves palabras: “En el atardecer de la vida nos examinarán del amor”, escribió tan insigne santo y Doctor Místico de la Iglesia.

De todo esto, Don Germán sabía mucho, no ya por acumulación de conocimientos, sino porque llevaba a la práctica aquello que leía y aprendía en sus numerosísimas lecturas y estudios. Primero viene la adquisición del conocimiento, después es el practicar aquello que hemos conocido.

Negarle el auxilio al prójimo es darle la espalda a Dios. “Cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos, mis hermanos, conmigo dejasteis de hacerlo”, dijo Cristo. Y más adelante añade: “En verdad os digo que nunca os conocí”.

Si ignoramos conscientemente el dolor ajeno, tendremos nuestro correspondiente correctivo, duro pero, al mismo tiempo y en el fondo, dulce y pedagógico, ya que Dios tan solo desea nuestro bien, el perfeccionamiento y purificación de nuestra alma. Por tanto, todo es para bien. Aún los sinsabores más amargos son bálsamos medicinales que nos enseñan, educan, templan y blanquean nuestro espíritu, haciéndonos más perfectos, puros y fuertes, que es el objetivo de nuestra encarnación en la vida material en el interior de un cuerpo humano. Lo demás son engaños.

Es posible que alguien piense que exagero, pero no es así. Ver a Don Germán cara a cara, sentir su presencia, su persona, su rostro, su “él”, su esencia más pura y profunda, era para mí, cada vez que le visitaba en su casa, un bálsamo, un linimento para mi ser interior, era un contemplar “la Luz” más allá de las apariencias, era como entrar en una cámara sagrada, donde solo las almas grandes habitan. Ese era Don Germán muy intensamente en los últimos años de su vida. Todo humanidad, todo compasión, todo piedad. Paralelo a su recio carácter, se encontraba uno con la dulzura y amor propios de un ser muy cercano a la plena realización interior.
Aparte de sus vastísimos conocimientos en múltiples ámbitos del saber, poseía una sensibilidad que, a decir verdad, no he visto hasta ese grado en ningún ser humano. Se conjugaban en su persona, principalmente, tres aspectos fundamentales: conocimiento, sabiduría y una gran elevación moral, como he visto en contadísimas ocasiones, por no decir en dos o, a lo máximo, en tres.
Atendía a los oyentes que reclamaban su ayuda y orientación por teléfono, fuera de los micrófonos y en privado. Y, en más de una ocasión, recibía a éstos –oyentes de sus programas- en su casa, en su despacho, para tenderles una mano amiga, para que no desesperasen, para darles ese impulso que solo él podía darles con la ayuda de Dios, claro está.
Me consta que, en alguna ocasión, el hecho de recibir en su domicilio a personas desconocidas que reclamaban su ayuda, le costó alguna que otra pequeña tensión familiar
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Pero el Profesor era así, no podía contener, ni reprimir su enorme y desbordante humanidad, sus ganas de consolar al afligido o de orientar al perdido. Era algo inevitable, imposible de erradicar en él.
Ya en los últimos años de su vida, tuvo que prescindir de ver los Telediarios, ya que las tragedias que cada día se nos ofrecen en ellos, le producían un malestar enorme, y no precisamente porque fuera débil, sino porque podía más su inmensa capacidad de empatía con las tragedias ajenas que con su gran fortaleza interior.


Mi muy querido y añorado Don Germán:

El 3 de noviembre del año pasado (2010) se han cumplido tres años de su “partida”. Sé, estoy absolutamente seguro, que es usted muy feliz en ese “más allá” sobre el que tanto reflexionó durante su vida. Pero también sé, y así lo siento, que se apena cuando ve los sufrimientos de los que usted quiso en la Tierra y a los que sigue queriendo en la misma medida o, si cabe, aún mayor.

También sé que vela por los que dejó aquí. Solo le pido, en nombre de todos ellos, que siga haciéndolo, pues le siento muy cerca de Dios. Alguien tan bueno como usted no puede andar muy lejos del que es Todo Misericordia y Bondad.

E interceda ante Jesús, por el que sé que sentía usted una gran unión, por aquellos que odian y desean el mal. Yo ruego por ellos para que se ablande su corazón. El mundo necesita ablandar su corazón porque éste se ha endurecido.

Lejos de entretejer en mi corazón una tela de odio contra los obradores de iniquidad, prefiero bordarles, con amor y paciencia, una túnica blanca, inmaculada, adornada con ornamentos de oro, para que la vistan el día que sientan dolor en su corazón por el mal cometido contra su prójimo. Prefiero rogar por los que practican el mal que responder con peor moneda. No, eso no, jamás, no es propio de aquellos que aspiramos a elevar nuestra alma. El mal llama al mal, así como el bien llama al bien y lo acrecienta aún con más medida. El mal no es la respuesta correcta al mal cometido contra uno, sino el bien, rogando al Señor, que todo lo ve, por sus almas, por sus corazones, para que, algún día, entrevean la Luz entre tanta oscuridad que nos rodea en este Mundo que nos ha tocado vivir. Sí, Don Germán, interceda ante Jesús, si no lo ha hecho ya, por todos nosotros.

Como escribe san Pablo a los Gálatas: “De Dios nadie se burla”. Obramos según nos parece sin pensar en las consecuencias de nuestros actos, ya sean obras, palabras, pensamientos, sentimientos, emociones y también omisiones de ayuda, caridad y piedad hacia los demás.
Ciertamente, responderemos ante la Luz, ante el "Ser de Luz" que han visto tantos miles de personas en las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), por nuestros actos en todos los sentidos. Allí, junto a ese Ser –que yo no digo que sea Dios (creo que Dios está aún mucho más “arriba”)- nada se puede esconder. Todo lo que hemos hecho, dicho, sentido y omitido está al descubierto. ¿Qué haremos entonces? ¿Seremos premiados por nuestra conducta? ¿Seremos enviados “temporalmente” a las “regiones inferiores” para purgar nuestros errores y aprender de ellos? ¿A dónde irá nuestra alma, es decir, a dónde iremos nosotros después de morir?... Es muy sencillo. Según hayas vivido, según hayas hecho, así se te dará y allí se te enviará.

No, señores, la vida no es una broma, es algo muy serio, aquí no venimos para perder el tiempo y, mucho menos, para hacer daño a los demás. Aquí venimos para aprender a ser mejores seres humanos y a crecer interiormente. Todo lo que se aparte de esto, de mal sitio procede.

¿Qué quiere que le diga, Don Germán? Me dicen que el dirigirse a un difunto es erróneo… Y me sonrío. Por supuesto que sé que usted no es Dios, pero me basta con saber que, en base a cómo era usted en su paso por la Tierra, se encuentra muy cerca de Él. Por tanto, le hablaré las veces que me venga en gana, si usted me lo sigue permitiendo, por supuesto.

¿Se encuentra uno todos los días con un Don Germán De Argumosa?... Pues no. Yo, gracias a Dios, he tenido ese inmerecido privilegio. El Padre me concedió conocerle a usted, ser su amigo, discípulo y podría decir que casi hasta su “hijo” (metafóricamente hablando). No sé por qué yo, pero lo que sí sabe es que, frecuentemente, le doy las gracias al "Ser Supremo" por haberme permitido tratarle, escucharle, aprender de usted en todos los sentidos. En usted, Don Germán, he tenido al mejor maestro con el que me podía encontrar en mi vida. Agradezco profundamente a Dios tan grande concesión.
Le seguiré escribiendo, Profesor. Siga cerca de nosotros, “los suyos”, no se marche muy lejos, que ya sé que no. Siempre que le necesite, le llamaré, ya que sé que siempre que lo he hecho, usted ha acudido a mi llamada. ¿Imaginación? No. Pero el que lo quiera pensar, que lo piense, está en su derecho, pero anda errado. Yo, como decía aquél, a lo mío, que “a mí mismo no me voy a hacer trampa”… Esta última es una frase suya, Don Germán, y cuánta razón llevaba.
Le quise, le quiero y le seguiré queriendo siempre.
Espero el día en que volvamos a encontrarnos. Ya sabe que hicimos un pacto por carta. Es algo que muchos han hecho; lo sé. El primero que se vaya saldrá a recibir al otro, y así lo espero, pero antes, como bien sabe, he de cumplir por completo con las tareas que se me han encomendado y con las que me comprometí antes de reencarnarme.
Ahora mismo, Don Germán, todo huele a usted… aquí, en mi despacho, frente a mi ordenador, escuchando “True Blue” mientras escribo. Le siento y le presiento. Gracias por acompañarme, una vez más, más allá de la realidad.

Eternamente le quiero en la eternidad.
Hasta cuando Dios quiera, mi muy querido Don Germán.

                                                                        
                                                                          Santiago Vázquez


Madrid, a 31 de enero de 2011
 



© Santiago Vázquez